Os dejo un "aperitivo" de mi nueva historia jajajajajajaja
A ver que os parece...
Prólogo
A ver que os parece...
Prólogo
No eran tiempos seguros para nadie. La gente había perdido la confianza en todo lo que traspasase los muros de sus casa, e incluso, ya había algunos que empezaban a sospechar de los miembros de su propia familia. El desconcierto se apoderaba de la pequeña villa de Saint Bernard, y poco a poco, la locura invadía los hogares de sus humildes y trabajadoras gentes.
Pero aquel día, todo cambiaría. Los que aún quedaban se había reunido enfrente de la casa dispuestos a pedir respuestas a lo que, desde hacía unos meses, atormentaba aquella pequeña aldea en la que nunca pasaba nada.
- ¡Sal! ¡Da la cara! ¡Todo esto es por tu culpa!
- ¡Sinvergüenza!
- ¡Sinvergüenza!
- ¡Fue él! ¡Estoy segura! ¡Él me lo quitó! -Gritaba una mujer histérica, mientras sostenía en sus manos una pequeña mantita de bebé.
- ¡Me lo robó! ¡A mi también me lo robó! -Se sumaba al griterío otra mujer con ojos llorosos.
- ¡Y a mi! ¡ Devuélvemelo! ¡Devuélveme a mi niña!
- ¡Y a mi hijo!
Las voces desesperadas de los habitantes se agrupaba en torno a aquella gran casa que en aquellos momentos pertenecía al médico de la comarca.
El doctor George Turner se había instalado en aquella casa hacía menos de un año, y nunca había habido ningún tipo de problema hasta los dos últimos meses, cuando empezaron a desaparecer los niños del pueblo de manera misteriosa.
Poco se sabía del doctor Turner. Las malas lenguas decían que en su tiempo estuvo casado y que su mujer lo abandonó. Otros decían que fue él quien mató a la mujer. Otros, que siempre fue un mujeriego y nunca estuvo casado... Pero en realidad, nadie sabía exactamente nada acerca del que, hasta el momento, era el médico de la comarca, lo que le hacía el blanco perfecto para las sospechas.
El gentío se agolpaba frente a la puerta de la casa. Los hombres daban golpes, y furiosos, intentaban abrir el macizo portón de hierro que guardaba el lugar. Las mujeres, gritaban y lloraban desconsoladas.
Aquello parecía no tener orden, todo era un caos, un desconcierto, y no parecía que se produjera respuesta alguna por parte del propietario de la casa.
De pronto, un Subaru 360 de color negro se adentró en la zona atrayendo momentáneamente la atención de los allí presentes. El silencio se apoderó milagrosamente del gentío y todo el mundo permaneció a la espera de ver quien, o quienes, eran los que habían llegado al pueblo en un coche como ese, algo poco común en la época, y más, en un día como ese.
El motor del coche se apagó haciendo en estrépito ruido ensordecedor que a mas de uno pilló por sorpresa.
La puerta del conductor se abrió y un hombre corpulento, de estatura media, cabello oscuro y mirada desconfiada, bajó del coche. Aquel hombre, conocido por todos, no era ni mas ni menos que el jefe de policía, Jaime Smith, un hombre que se había ganado un gran respeto entre la multitud debido a sus grandes logros en el cuerpo de policía. Si la noticia había llegado a oídos de Smith, había de tratarse de una situación grave, que sin lugar a duda, era el caso.
Smith miró a la masa de gente que se agolpaba frente a la casa del médico e hizo un ademán de saludo con la cabeza. Era un hombre de pocas palabras, pero con un gran afán de protagonismo que podía notarse en gestos sencillos como aquel. Cerró la puerta del coche con delicadeza, y sin prisa, bordeó el auto por la parte delantera hasta llegar a la puerta del copiloto. Se detuvo frente a dicha puerta, y con torpe elegancia, abrió la puerta del coche, dejando salir a su acompañante.
Un personaje vestido con una sotana negra, alto y de cabello castaño oscuro, salió con decisión del asiento del copiloto. El obispo de la diócesis, Carl Peters, se erguía con elegancia ante toda la multitud que lo miraba con una mezcla de curiosidad y temor.
- Así que esta es la casa. - se dirigió el obispo al jefe de policía.
- Así es, esta es. Pero no hay de que preocuparse, el Doctor Turner es amigo de la familia, un buen hombre.-contestó Smith quitando importancia al asunto.
Peters frunció en ceño, miró a la gente que lo rodeaba y acto seguido dirigió una rápida mirada a la casa.
- Eso ya lo veremos Sr Smith, eso ya lo veremos...
El silencio reinaba en la calle. Las voces de los habitantes del pueblo que en escasos minutos atrás resonaban en el pueblo, ahora tan solo parecían recuerdos lejanos. En un pueblo tan pequeño como ese, en el que nunca pasaba nada, la presencia de los dos últimos personajes hacía que la tensión aumentase en el lugar, en especial, la del obispo.
Continúo trabajando en ella ;)
- ¡Me lo robó! ¡A mi también me lo robó! -Se sumaba al griterío otra mujer con ojos llorosos.
- ¡Y a mi! ¡ Devuélvemelo! ¡Devuélveme a mi niña!
- ¡Y a mi hijo!
Las voces desesperadas de los habitantes se agrupaba en torno a aquella gran casa que en aquellos momentos pertenecía al médico de la comarca.
El doctor George Turner se había instalado en aquella casa hacía menos de un año, y nunca había habido ningún tipo de problema hasta los dos últimos meses, cuando empezaron a desaparecer los niños del pueblo de manera misteriosa.
Poco se sabía del doctor Turner. Las malas lenguas decían que en su tiempo estuvo casado y que su mujer lo abandonó. Otros decían que fue él quien mató a la mujer. Otros, que siempre fue un mujeriego y nunca estuvo casado... Pero en realidad, nadie sabía exactamente nada acerca del que, hasta el momento, era el médico de la comarca, lo que le hacía el blanco perfecto para las sospechas.
El gentío se agolpaba frente a la puerta de la casa. Los hombres daban golpes, y furiosos, intentaban abrir el macizo portón de hierro que guardaba el lugar. Las mujeres, gritaban y lloraban desconsoladas.
Aquello parecía no tener orden, todo era un caos, un desconcierto, y no parecía que se produjera respuesta alguna por parte del propietario de la casa.
De pronto, un Subaru 360 de color negro se adentró en la zona atrayendo momentáneamente la atención de los allí presentes. El silencio se apoderó milagrosamente del gentío y todo el mundo permaneció a la espera de ver quien, o quienes, eran los que habían llegado al pueblo en un coche como ese, algo poco común en la época, y más, en un día como ese.
El motor del coche se apagó haciendo en estrépito ruido ensordecedor que a mas de uno pilló por sorpresa.
La puerta del conductor se abrió y un hombre corpulento, de estatura media, cabello oscuro y mirada desconfiada, bajó del coche. Aquel hombre, conocido por todos, no era ni mas ni menos que el jefe de policía, Jaime Smith, un hombre que se había ganado un gran respeto entre la multitud debido a sus grandes logros en el cuerpo de policía. Si la noticia había llegado a oídos de Smith, había de tratarse de una situación grave, que sin lugar a duda, era el caso.
Smith miró a la masa de gente que se agolpaba frente a la casa del médico e hizo un ademán de saludo con la cabeza. Era un hombre de pocas palabras, pero con un gran afán de protagonismo que podía notarse en gestos sencillos como aquel. Cerró la puerta del coche con delicadeza, y sin prisa, bordeó el auto por la parte delantera hasta llegar a la puerta del copiloto. Se detuvo frente a dicha puerta, y con torpe elegancia, abrió la puerta del coche, dejando salir a su acompañante.
Un personaje vestido con una sotana negra, alto y de cabello castaño oscuro, salió con decisión del asiento del copiloto. El obispo de la diócesis, Carl Peters, se erguía con elegancia ante toda la multitud que lo miraba con una mezcla de curiosidad y temor.
- Así que esta es la casa. - se dirigió el obispo al jefe de policía.
- Así es, esta es. Pero no hay de que preocuparse, el Doctor Turner es amigo de la familia, un buen hombre.-contestó Smith quitando importancia al asunto.
Peters frunció en ceño, miró a la gente que lo rodeaba y acto seguido dirigió una rápida mirada a la casa.
- Eso ya lo veremos Sr Smith, eso ya lo veremos...
El silencio reinaba en la calle. Las voces de los habitantes del pueblo que en escasos minutos atrás resonaban en el pueblo, ahora tan solo parecían recuerdos lejanos. En un pueblo tan pequeño como ese, en el que nunca pasaba nada, la presencia de los dos últimos personajes hacía que la tensión aumentase en el lugar, en especial, la del obispo.
Continúo trabajando en ella ;)
